Benditos Basterdos

malditos-bastardos-posterPor Carlos Garcia Moreno-Torres

Si tecleáis en Google “Inglourious Basterds” obtendréis algo más de 61millones de resultados. Millones de imágenes, comentarios, clips de vídeo, análisis revisiones y todo tipo de contenidos sobre los 153 minutos que dura la última película de Quentin Tarantino…y los cientos de horas que perdura su efecto.

Por suerte, entre esos contenidos, hay mucha gente que sabe mucho más que yo sobre cine, con lo que puedo permitirme el pasar por los aspectos técnicos de la película de puntillas, sin pararme a contaros la brutal plasticidad de algunas escenas, lo cuidado de la iluminación y la fotografía o el inteligente movimiento de la cámara para centrarme en lo que me gusta y entiendo: sentimientos e impresiones.

He de confesar que siempre me ha gustado el cine de Tarantino (considerando, por supuesto, Pulp Fiction como su mejor película); es un narrador superlativo, un creador libre y desinhibido de las restricciones de la industria y un hombre dotado de un gran “sentido cinematográfico” que le ayuda a elegir a sus actores con un acierto admirable, ya sean actores desconocidos en el panorama internacional, o viejas glorias desterradas por la maquinaria hollywoodiense. Dicho esto, dejadme que añada que si algo no es esta película es una película histórica, y si tuviéramos que definirla con una sola palabra, mi elección sería Tarantinada, y con ello me refiero a la película total, al género propio y absoluto que este peculiar cinéfilo que un día se descubrió al mundo en el pueblecito de Sundance como guionista y director ha creado sin seguir ningún patrón pero sin que falte nada a sus películas.

Inglourious Basterds no es una película bélica, ni un drama, ni una película de acción. Es todo eso y mucho más. Es una sucesión de cinco capítulos plagados de diálogos geniales y escenas de las que hacen saltar a los espectadores en sus butacas. Es dos horas y media sin parpadear, con una media sonrisa boba (ocasional y momentáneamente sustituida por una carcajada), el corazón cambiando su ritmo según dispone un Tarantino que orquestra con maestría y minuciosidad una curiosa amalgama de personajes ficticios y históricos.

Tras más de diez años elaborando el guión, Tarantino nos regala dos personajes para la historia. El teniente Aldo Raine, un salvaje paleto de Tennessee (estado de donde procede Quentin Tarantino, por cierto), auto-proclamado descendiente de indios al que Brad Pitt da vida en una actuación memorable, aportando una comicidad más que creíble con su inolvidable acento sureño (imprescindible ver la película en V.O) y las frases que le escribió Tarantino. Dando la réplica, en el lado de los malos (en la película Tarantino no nos deja ninguna duda de que son malos, despreciables y hasta ridículos) se encuentra  Hans Landa “el cazajudíos”, un coronel de las SS que se define como un gran detective trabajando para los nazis de manera eventual, satisfecho de sí mismo, meticuloso, excéntrico, y con un aire de psicópata simpático que lo hace aún más terrible y permite a Tarantino generar momentos de gran tensión en los que las pulsaciones se van disparando poco a poco hasta llevarnos al borde del infarto y, seguramente, provocar más de una tortícolis en los espectadores que irremediablemente se van incorporando e inclinando hacia la pantalla conforme caemos en la cautivadora trampa que nos tienden algunas escenas.

En resumen, Tarantino ha utilizado los elementos que le ha dado la gana: una mezcla de inglés, francés, alemán y algo parecido al italiano con violencia tan explícita como sólo de él cabe esperar, unos segundos de una perturbadora imagen sexual de Joseph Goebbels, superposiciones de rótulos,  narración estructurada en capítulos inconexos y una revisión de la historia que roza el absurdo (ningún amante de la historia me perdonaría que no mencionase esto último) para construir la película que quería. Y me encanta el resultado.

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