Corazón kurdo, voz de Aynur Dogan

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Poco se conoce de Aynur Dogan en España. Nacida en Mazgirt, una pequeña aldea en la provincia turca de Dersim, su familia llegó a Estambul en 1992, huyendo de las persecuciones a población kurda de la zona. Allí, Aynur comenzó a recibir clases de baglama, o laúd tradicional, instrumento que le acompañó en sus dos primeros discos para más tarde aceptar otro tipo de influencias. De los ritmos aleví, próximos a la doctrina chii, abrió su universo musical al Mediterráneo y a la colaboración con otros grupos turcos de renombre. En 2004 sedujo a Europa con un bello disco titulado Keçe kurdan (chica kurda),  y en 2005 llegó su consagración como gran artista internacional con Nûpel, disco repleto de canciones tradicionales kurdas y turcas que le llevó a ser portada del London Times.

Hecha la presentación de rigor, toca hablar de lo vivido y sentido en la sala Galileo Galilei el pasado jueves. El festival Ellas Crean volvía a estar a la altura ofreciendo una de las voces femeninas más reconocidas del panorama internacional.

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Comenzaban a jugar los instrumentos de la reducida banda de Aynur con su garganta. No hacía falta mantener los ojos abiertos para sentir el grito de las montañas del Kurdistán sobre el escenario. No les hacía falta, a ellos, el tener los ojos abiertos para sonar en armonía. Y por encima de todo, siempre, la voz de la señorita Dogan.

Cuando el djembé parecía golpearte el corazón, Aynur cantaba y te lo sanaba; cuando el flautista te dejaba encantado como a una serpiente, Aynur cantaba y te despertaba; cuando el violín rasgaba el aire, la garganta de Aynur sonaba e inundaba la sala. Acción reacción que te preparaba para los momentos finales en los que todos actuaban al unísono, haciendo imposible que las bocas quedaran cerradas. Aplausos, y vuelta al estado de embriaguez. Y por encima de todo, siempre, la voz de la señorita Dogan.

Y se animó a suplir al guitarrista tocando dos temas con su viejo conocido, el baglama. Y mientras los autóctonos nos mirábamos atónitos, el sector kurdo del público enloquecía. Y todo con la suavidad de los movimientos de las manos de Aynur. Y todo con la dulce agonía de los gritos de la tradición kurda, que quedará viva mientras la voz de esta sorprendente mujer de ojos negros siga sonando.

Por Santi Gimeno

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